Postizos

ORTOPEDIA“Ortopedia Horta”. Parado frente a su escaparate, trataba ahora de recordar la de veces que, camino del trabajo, había escrutado con la mirada cada uno de los artilugios que se agolpaban en sus vitrinas en un aparente desorden, sin saber para qué servían la mayoría de ellos. Él, que hasta entonces se había considerado un tipo de lo más normal, de esos que no destacan por nada, un hombre al que nunca le gustó llamar la atención; hasta ese día en que se decidió a entrar.

—Buenos días —le saludó el dependiente; un hombre de mediana edad, escaso de pelo y vestido con una bata blanca.

—Buenos días.

—¿Le puedo ayudar en algo?

—Sí, quería un brazo ortopédico.

—Necesitaría tomar las medidas de la persona en cuestión.

—Yo mismo —contestó remangándose la camisa y apoyando el brazo en el mostrador.

—Pero a usted no le falta un brazo.

—No se preocupe, me faltará, en breve.

—En fin, si usted lo dice… Extiéndame el miembro, por favor —y con una cinta métrica le fue tomando la longitud del brazo desde el hombro.

—No, no, solo desde el codo, por favor.

—Como usted quiera —y siguió anotando diversas medidas—. En quince días tendrá su prótesis, caballero.

—Muy amable —se despidió estrechándole la mano.

Al cabo de dos semanas volvió a la ortopedia, con el brazo izquierdo amputado a la altura del codo.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Se acuerda de mí?, venía a recoger mi nuevo brazo —se dirigió al dependiente.

—¡Cómo no acordarme!, ¿y su brazo?, así que al final…, ¿y cómo fue? —contestó el dependiente fijando su mirada en la manga de camisa que le colgaba desde el codo a su cliente.

—Mi mujer, que siempre se ha quejado de lo largos que tengo los brazos; mire, mire cómo me quedan todas las camisas —le explicó a la vez que le enseñaba la altura a la que le llegaba el puño de la camisa en su único brazo—. No hay forma de encontrar ropa a mi medida, la pobre se ha pasado la vida echando piezas de tela con añadidos. Veinticinco años cosiendo que lleva ya.

—Lo siento. Qué difíciles son las relaciones.

—No lo sabe usted bien. Por cierto, ¿podríamos de paso ver piernas ortopédicas?, en breve quizás necesite una.

—No se precipite, hombre, no hay necesidad de…

—Tome, tome usted medidas, por favor; hombre precavido vale por dos —se subió a una pequeña tarima que el ortopedista tenía para ese propósito; y éste hizo lo propio, tomar todos los datos para diseñar la pieza que mejor se ajustara a sus dimensiones.

—En fin, el cliente siempre manda. Permítame de paso ajustarle el brazo, creo que le ha quedado un poco holgado por aquí —le indicó mientras le encajaba la pieza de plástico en su posición correcta.

—Espero acostumbrarme pronto.

—No se preocupe, en un par de días le parecerá que se pone un guante.

El hombre pagó la factura del brazo y firmó el pedido de la pierna. Después se despidió y salió del local.

Al cabo de casi un mes llamó al timbre de la puerta de la tienda. Esperó a que el dependiente le abriera y entró, sin su pierna izquierda, apoyado en dos muletas.

—¡Pero Señor!, así que no estaba usted bromeando conmigo cuando me hizo el encargo. ¿Qué fue esta vez?, ¿su mujer de nuevo? —exclamó el dependiente echándose las manos a la cabeza.

—Pues sí, nos hemos apuntado a clases de bailes de salón y se queja de que siempre la piso con el izquierdo. Tiene los dedos destrozados. Si es que es una santa…

—¿Y no hubiera sido más fácil buscar otra actividad?, qué se yo, los bolos, el senderismo o incluso las sevillanas, si me apura, que se bailan sueltos ­le dijo mientras le ajustaba la prótesis en el muñón de la rodilla.

—Qué va, no sabe la ilusión que tiene ella en aprender a bailar. Ya lo dijo el día que nos casamos, después de pasar un bochorno horroroso con el vals: «en cuanto podamos, nos apuntamos a una academia de las de verdad».

—Bueno, usted sabrá; la felicidad de la pareja es lo primero.

—Lo primero. Espero pisarla menos con este —dijo sonriendo mientras hacía girar su nuevo tobillo y pie articulados en el aire.

—No tenga la menor duda. Se lleva una pierna de las mejores del mercado, ligera, flexible y silenciosa, muy silenciosa. Que le vaya muy bien.

—Muy amable —se despidió tras pagar su nueva prótesis y echarse bajo su auténtico brazo el par de muletas con las que entró—. Espero no tener que utilizarlas en mucho tiempo —sonrió saliendo del local.

Al cabo de unos días regresó a la ortopedia.

—Buenos días.

—Buenos días, ¿qué tal?, ¿cómo van esas prótesis?

Se quitó las gafas de sol que llevaba y acercó su cara a la del dependiente, señalando con su dedo el hueco que había dejado en su rostro la pérdida de uno de los ojos.

—¿No tendrá usted uno de esos de cristal?, color marrón a ser posible, para que no desentone con el otro.

—¡Pero qué ha hecho esta vez, señor mío!, ¿cuándo va a dejar de quitarse cosas?

—Si es que mi mujer dice que la he echado mal de ojo, que de un tiempo atrás a ahora todo le sale mal.

—¿Y no ha pensado usted en divorciarse?

—¿De mi Clara?, ¿del amor de mi vida?, imposible. «Hasta que la muerte nos separe», nos prometimos.

—Sí, pero a este paso usted se va a ir al otro barrio antes que ella, ¿y qué hará entonces su Clara?, buscarse a alguien con menos defectos, seguro.

—Ande, ande, no diga tonterías y muéstreme los ojos que tiene.

—A ver, enséñeme el bueno —le dijo mientras se acercaba a la cara de su cliente—. Solo me quedan marrones algo más oscuros, el tono miel se ha agotado. No es exactamente igual pero creo que no desentonará demasiado. Aquí tiene, ¿sabrá ponérselo?

—Me da un poco de grima, igual usted que está más acostumbrado; ¿me haría el favor de…?

El dependiente le colocó el ojo en su sitio.

—Tenga cuidado al principio con agachar mucho la cabeza. Es hasta que se le ajuste al hueco, ya sabe.

—Gracias, gracias, muy amable —se despidió mientras pagaba.

Por la tienda siguieron pasando personas y el ortopedista siguió vendiendo piernas, brazos, muletas, cabestrillos, collarines cervicales y todo tipo de objetos ortopédicos, destinados a hacer la vida más llevadera a las personas que le compraban.

Al cabo de casi un año el dependiente se encontró al hombre de la pierna, el brazo y el ojo postizos mirando fijamente el escaparate de la tienda. Salió a saludarle.

—¡Buenos días, hombre!, le veo francamente bien, ¿cómo le va?, ¿qué tal con su mujer?, ¿cómo se llamaba?

—Clara.

—Eso, Clara, ¿cómo le va con Clara?

—Me dejó hace seis meses.

—Pero, ¡qué me dice!

—Se lio con el vecino del segundo, uno que va en una silla de ruedas de esas eléctricas.

—Si ya lo digo siempre, qué difíciles son las relaciones.

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