La doncella de hierro

cactus Henrietta Shore2Existe un hombre que tiene la costumbre de hablar a voces a su mujer. Una comida demasiado sabrosa. Una arruga en la camisa. Una ventana a medio cerrar un día de lluvia. Un vestido llamativo para ir a trabajar. Un paquete de tabaco sin cigarrillos. Su nombre es Mario. Vive al otro lado de mi pared con Aurora, la mujer que va a trabajar con el vestido llamativo. Los tabiques parecen de papel. A ella apenas la oigo nunca. A él, siempre.

Hora de desayunar. Nada como saborear una taza de chocolate caliente desde aquí arriba. O dejar que el sol roce mi cara con sus dedos, que se me meta dentro. Es lo que tiene este otoño remolón, no quiere marchar. «Buenos días, ¿cómo os ha tratado la noche aquí afuera?», pregunto a mis macetas. Vivo sola. Cultivo cactus. La pequeña terraza de mi ático es un universo de espinas y tallos engrosados: cuernos de cabra, bonetes de obispo, asientos de suegra o antorchas de plata. Mi preferido es una enorme aguacolla que me traje de Ecuador hace unos años. Mucho más alta ya que yo. Me regala cada noche la fragancia de sus enormes flores blancas.

Durante unos años viví a ras de suelo. Una casa de ventanas con rejas por las que asomaban pies apresurados, remolinos de papeles, conversaciones a medias, y mucho polvo gris. En mi dormitorio se colaba la melodía de los neumáticos al doblar la esquina. Demasiado ruido. Me vine aquí. Por su luz, por su silencio. Me he acostumbrado a vivir en una casa sin voces, sin conversaciones que esperan respuesta, ni relojes en la pared. Mi vida ahora son macetas y tijeras, bolsas de tierra y fertilizantes, rastrillos y palas. Suficiente.

Él lo ha vuelto a hacer. «¿Cuándo has visto que se planchen con raya unos vaqueros?» Grita. Como si lo tuviera dentro de casa. Como si estuviera en mi cocina de pie, frente a mí, con los dichosos pantalones en la mano.

No lo soporto. Me marcho al vivero. Ando preparando unos esquejes de aloe.

A la vuelta me he dado de bruces con él en el portal. Bajo los brazos llevo dos enormes sacos de tierra. Me saluda, me abre la puerta y se empeña en cogerme no uno, sino los dos bultos. Compartimos ascensor y unos segundos de conversación vacía. Mi primer impulso es acabar la charla en el rellano de la escalera. Él insiste en llevarme los sacos hasta mi misma terraza.

Que no tenía ni idea de mi afición. Que qué envidia le doy. Que él no ha sido capaz de dedicarse nunca a un hobby así. Que su querida Aurora no le dejaría llenarle la terraza de cosas suyas. Que ella es la reina de la casa.

Le enseño mi aguacolla. Le explico que es mi cactus preferido. Que es una hembra. Que de donde procede la llaman “gigantón” y la consideran mágica. Mario se pone de pie a su lado, se compara en altura con ella, coge las gafas de sol y bromea colocándoselas a modo de antifaz apoyándolas en sus espinas. Se quita la corbata y rodea su tallo. Le hace el nudo. Ríe a carcajadas, casi a gritos, como si tuviera que hacer reír a todo el barrio. «Estúpido».

Les miro. Me parece que la aguacolla estuviera creciendo, alargándose. Poco a poco. Él sigue burlándose. Ella le dobla ahora en altura ya. Llega a rozar el canalón del agua. Sus costillas se engrosan hasta el doble de su tamaño. Se ensancha, se estira, se hace grande. Inmensa. La maceta se desquebraja en varios trozos por el peso. Mario ha dejado de reír. Se queda inmóvil frente a ella. Las espinas de la aguacolla se extienden. Algunas de ellas pronto se enroscan alrededor de los botones de su chaqueta, arrancándoselos uno a uno. Otras empiezan a rasgar su ropa de arriba abajo. Todo son jirones ya. Las gafas caen a sus pies. Él clava sus ojos en mí. Grita. Prolonga uno de sus brazos hasta rodearle la cintura. Poco a poco se le van clavando las espinas. Su camisa blanca se llena de motas rojas. Otros le rodean a la altura de las rodillas, los pies, el cuello. Queda atrapado en el interior de una inmensa caja verde llena de espinas.

Su piel ya no es piel.

Ya no tiene voz.

Amasijo de clorofila y sangre.

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