Hombres

hombresEl informe del detective privado al que contraté para seguirme no daba lugar a dudas: yo, en realidad, era una mujer. No me sorprendió demasiado, lo sospechaba desde hacía unos meses. Las marcas de carmín en la almohada al despertar algunas mañanas en las que la certeza de haberme acostado solo era —para chasco de mi faceta de galán— aplastante, o el dolor de pies tan pronunciado tras una noche de fiesta, o los restos de esmalte rojo en unas uñas de manicura perfecta —en mí, que hasta donde recuerdo siempre me las había mordido—, me hicieron presentir lo peor. No sé qué me molestó más, si leer a pie de página aquellas cuatro palabras encadenadas: «usted es una mujer», formando una frase enunciativa perfecta que poco margen daba para la duda; o haber invertido dinero y tiempo las últimas semanas en dejarme seguir por el tipo al que contraté, algo a lo que acabas acostumbrándote pero que incomoda al principio un poco.

Tras saldar mi factura pendiente con él, y aceptar mi nueva condición, me dispuse a reorganizar mi vida, empezando por el armario. Me deshice de media docena de zapatillas deportivas, y de los dos pares de abotinados con los que solía ir a trabajar; también de la colección de corbatas que había ido acumulando a lo largo de los últimos años. Respecto a los trajes de chaqueta, opté por quedarme con uno porque, hojeando el último suplemento del dominical, vi que —curiosamente— en moda femenina volvía el estilo masculino. Me pregunté entonces cómo reaccionarían al día siguiente en la oficina cuando atravesase el vestíbulo luciendo mi nueva blazer blanca, combinada con la falda coral tableada que colgaban ahora de una de mis perchas. Temía especialmente la reacción de Isidro cuando me viera ocupar mi puesto de siempre; nunca soporté las miradas y comentarios soeces que de ciertas mujeres solía hacer cuando coincidía con alguno de nosotros en el servicio. Decidí que, como por una vez me ahorraría tener que escucharlos, le dedicaría un maravilloso cruce de piernas al más puro estilo del cine. Y a cambio de tantos años escuchándole, quizás descubriese en el baño de señoras lo que ellas piensan sobre él.

A lo que no me acostumbré es a no afeitarme cada mañana. Después de tres días sin hacerlo no podía evitar pasarme la mano por el mentón con frecuencia, obsesionado —obsesionada— con la idea de que alguien se percatara de la no tan incipiente pelusilla que se me podía intuir, especialmente si me ponía de perfil. En mi sexo anterior siempre critiqué y me negué a besar a una mujer que no se depilara el bigote; y ahora esto. Aquellos primeros pelos fueron solo el inicio de una particular campaña que inicié contra cualquier fracción de vello corporal que asomara, por pequeña que esta fuera. Convertí el aseo de casa en un departamento especializado en potingues depilatorios; decenas de frascos, cajas y pomadas desbordaban lavabo, bidé y plato de ducha.

A los seis meses ya era toda una mujer. O casi. Los hombres se me dieron bien. Sin sexo, pero bien. Podía afirmar con toda seguridad que les volvía locos. Seducía y me seducían, hasta que me daba un ataque de tos que no podía controlar. Ocurría siempre, cuando sentía las manos de ellos tratando de perderse entre mis muslos buscando deshacer los lacitos de seda de mis bragas, o cuando notaba cómo sus dedos se encaramaban por la espalda hasta el corchete de mi sujetador. Entonces creía morir, y no de placer. Y ellos también. No pocas veces, asustados por los espasmos y convulsiones que seguían al carraspeo inicial, alguno de ellos llamó al servicio de urgencias temiendo que no sobreviviera a ese episodio.

A excepción de estos incidentes, cada vez más frecuentes, todo me iba de maravilla. Ni en mi mejor época como hombre había tenido tantos ojos pendientes de mí, ni la agenda de teléfonos tan llena de números. Qué mujer. Si hasta a Isidro le tenía a mis pies. Cada mañana me recibía con un cremoso capuchino sobre la mesa, adornado con motivos diferentes cada vez: un corazón, una estrella, una flor, una palabra,… Qué hombre. Enamoradizo y galante como ninguno. Que hasta me escribió un poema el día que se despidió de la empresa. Un par de estrofas escritas a mano en una nota adhesiva pegada al espejo del baño de mujeres. Creo que lo nuestro fue amor de verdad, sin sexo, pero de verdad. No le vi más. Y yo me vine abajo. Fantaseé muchas mañanas con la idea de encontrarme con él de nuevo en el ascensor, o en la fotocopiadora; con que apareciera de repente al fondo del pasillo con mi humeante café en las manos, y esa sonrisa que dejaba entrever la perfecta dentadura que le había quedado tras dos años de ortodoncia.

Perdí el interés por ellos, los hombres. Estaba convencida de que después de lo de Isidro ya no podría volver a querer a ninguno igual. Enamorada de un recuerdo con aroma a canela y labios de leche montada. Me abandoné. Empecé descuidando la combinación de zapatos y accesorios —nunca antes se me hubiera ocurrido conjuntar un salón de charol negro con un foulard de gasa y un bolso de patchwork del mercadillo, y lo hice—; dejé de dedicar media hora cada mañana a ondularme el pelo con las planchas de cerámica que compré con tanta ilusión, una simple cola de caballo me bastaba; y no volví a depilarme, nunca más, con lo que centenares de pelillos crecían a sus anchas en sus ambientes originales sin que me afectara lo más mínimo. Si no fuera por mi condición de mujer, me habría dejado incluso una de esas barbas tupidas que tan de moda se estaban poniendo entre los hombres. Qué libertad. Qué envidia de barbillas.

Hoy no sé lo que soy. Me he hecho hueco en un lugar donde unas veces me siento cómodo y otras cómoda. Sigo con mis ataques de tos, pero he vuelto a interesarme por los hombres, aunque el otro día, Graciela, la recepcionista del vestíbulo, me ha dedicado una sonrisa como pocas personas han hecho. Excepto Isidro. Mi Isidro. Nunca antes un hombre con tan poco me había hecho disfrutar tanto. Nunca. Antes. Un hombre.

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6 comentarios en “Hombres

  1. Luis dijo:

    La imagen de inicio del cuento me remiten a las famosas “peras y manzanas” de la ínclita señora botella.
    Una vuelta más de tuerca a tu inagotable imaginación.

  2. Evitadinamita dijo:

    Jajaja…me partoooo, qué chulo el relato, el final me ha encantado…ese “hoy no sé lo que soy…” en ese punto ha empezado mi carcajada…
    Dos años de endodoncia? sera de ortodoncia…la que yo he sufrido!! :))

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