Jaula de loros

jaulaSiempre quise tener una mascota. Uno de esos enormes loros de colores que aburridos miraban tras el cristal en la tienda de la esquina. Los padres normales regalaban mascotas. Mi madre, una lámpara. Desde el primer instante supe que en algún momento se desprendería del techo. Me la imaginaba cayendo sobre alguno de nosotros, con la misma rotundidad con la que mamá se impuso a todos cuando la trajo del almacén de muebles donde trabajaba; «he dicho que se queda y se queda, estará perfecta en la habitación de las niñas». Al día siguiente, tras un concienzudo trabajo de limpieza por parte de mamá, su cuerpo de cristal brilló con el sol de la mañana desafiando, con su desproporcionado peso, la resistencia de un techo azul del que en años había pendido tan solo una bombilla que acumulaba capas y capas de polvo. Sus bordes azules hacían ondas. Me recordaban al mar y sus olas. También me gustaban los peces, pero papá decía que daban mala suerte y mamá que se negaba a cambiar el agua cada poco, y que me pondría muy triste cuando se murieran, porque los peces siempre se morían pronto. Papá y Julia odiaban aquella lámpara. «Es fea. No es de habitación de niñas, es de casa de viejos; por qué no se la regalamos a los abuelos», eran el tipo de cosas que mi hermana decía de ella; y «lo sé, muy bonita no es, ya hablaré con mamá», el tipo de respuestas de papá para que Julia se callara. A mí nunca me preguntaron, pero me parecía la cosa más bonita que mamá había traído de su trabajo desde que nos cambiaron las literas por dos camas de mayores. En otra ocasión apareció cargada con una jaula de latón enorme, casi tan alta como yo. Como Julia no le prestó la más mínima atención, me apropié de ella en cuanto la vi. Pensé que era perfecta para mis loros. Tan grande y tan vacía. El día del cumpleaños de Julia papá apareció con una caja que llevaba impresas las letras de la tienda de animales. «¿Qué traigo para mi niña?». Los ojos de mi hermana apenas pestañearon. «Déjamelo, déjamelo, yo lo abro», gritaba agarrada a la cintura de papá. De la caja salieron dos pollitos, uno azul y otro rosa, que echaron a corretear por toda la habitación en cuanto se vieron libres. «Pero papá, ¡dos pollos!», chillé. «¡No se llaman pollos!, ¡se llaman Pedro y Pablo! », contestó mi hermana rodeándoles con sus brazos. A Julia no le pareció buena idea que sus pollitos durmieran en mi jaula. Tardó una tarde entera en construirles una casa de cartón sin techo con una puerta para entrar y dos ventanas para asomarse. Los pollos crecieron, la improvisada casa de campo se les quedó pequeña, el pelillo suave de colores que les cubría se les fue cayendo y en su lugar aparecieron plumas amarillas y blancas cubriendo parte de su cuerpo, y de las cabecitas que Julia no dejaba de besuquear a todas horas salieron unos colgajos rojos. Se convirtieron con el paso de los días en dos pollos a los que a nadie apetecía ya acariciar, tan grandes como los loros de la tienda de abajo. Acabé llenando mi jaula de margaritas de colores que ellos no solían picotear. Una tarde de marzo, cuando volvimos del colegio con papá, Julia pegó un grito desde la puerta de nuestra habitación. Del techo azul pendían dos cables negros. En el centro de la alfombra, la pesada lámpara de cristal se había hecho añicos sobre la casa de Pedro y Pablo. Plumas esparcidas por todas partes.

Mi jaula de los loros echó flores cada primavera. Y mamá volvió a colgar del techo azul la misma bombilla de siempre.

(Relato finalista del XXXII Concurso de Cuento y Poesía de Vicálvaro)

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3 comentarios en “Jaula de loros

  1. mado4539@ono.com dijo:

    Menos mal que nuestra lámpara de cristal y bordes azules, aún no se ha caído. Los pollitos crecieron tanto y se subian a la mesa; los pobres terminaron en una finca cercana. Me trae muchos recuerdos el relato

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