Jaula de loros

jaulaSiempre quise tener una mascota. Uno de esos enormes loros de colores que aburridos miraban tras el cristal en la tienda de la esquina. Los padres normales regalaban mascotas. Mi madre, una lámpara. Seguir leyendo

La doncella de hierro

cactus Henrietta Shore2Existe un hombre que tiene la costumbre de hablar a voces a su mujer. Una comida demasiado sabrosa. Una arruga en la camisa. Una ventana a medio cerrar un día de lluvia. Un vestido llamativo para ir a trabajar. Un paquete de tabaco sin cigarrillos. Su nombre es Mario. Vive al otro lado de mi pared con Aurora, la mujer que va a trabajar con el vestido llamativo. Los tabiques parecen de papel. A ella apenas la oigo nunca. A él, siempre. Seguir leyendo

Oda a la cama

Rooms by the Sea.el que ama y el que sueña

vinieron y se van de cama en cama,

La primera vez que entró en el dormitorio de los abuelos sola apenas levantaba unos pocos palmos del suelo, se coló como un torbellino, se encaramó a la cama cogiendo carrerilla desde la puerta y escaló hasta arriba agarrándose al edredón de parches de colores con las dos manos. Desde entonces solía hacerlo a menudo, allí arriba se sentía una gigante dominando su pequeño mundo. Seguir leyendo

Poinsettia

PoinsettiaJoder, cariño, ¿te he dicho lo poco que me gusta que te mueras? No, no te lo he debido decir. ¡Te prohíbo que te mueras! La primera vez que te prohíbo algo, porque no dirás que me he metido mucho en tus cosas todo este tiempo, que siempre has entrado y salido cuándo y como has querido, como aquella vez que te marchaste una semana dejándome una pequeña nota en el reverso de la cuenta del supermercado, sobre la encimera, “Volveré”, decías, y volviste, y yo no te pregunté dónde habías estado, y mucho menos con quién. Seguir leyendo

Una jaula de grillos

Una jaula de grillosEn apenas sesenta metros cuadrados vivíamos mis tíos, mi primo, el abuelo, y yo. Cada poco tiempo se unían también más de cinco mil grillos que salían de pequeñísimos huevos amontonados en el interior de decenas de cajas apiladas, que acabaron guardadas en el interior de un armario de cerezo en la habitación del abuelo. Las trasladamos allí cuando, según daba a entender el último parte médico, el abuelo había dejado de ser para simplemente estar entre nosotros. Seguir leyendo