Otto

OttoHay personas que viven a contracorriente. Yanet es una de ellas, trabaja de noche, se viste de colores claros en invierno, se casó con un hombre mayor que ella por amor, y comparte piso con un escuálido galgo al que no soporta. Sirve copas en una de esas salas de fiesta que se esfuerzan por crear ambientar caribeños de cartón piedra para corazones nocturnos y solitarios como ella. Seguir leyendo

Un cielo verde

Un cielo verde

Los vecinos del barrio le quieren porque les consigue pequeñas cosas. Hoy es otro de esos días de encargos. Moha sale de su casa, atraviesa las calles sin asfalto, pasa junto a los campos abandonados de antiguos vecinos, y en pocos minutos llega junto al enorme muro de hormigón. Seguir leyendo

El sol de mayo

El sol de mayoAjishar Bensabat acabó de equiparse y subió a su helicóptero. Aquél soleado día de mayo se juró que sería su último vuelo.

Deir El Belbessi acudía aquella tarde a la boda de su amiga Eylem y, como el resto de mujeres, se adornó con sus más hermosas joyas para ir a la fiesta. Todo era alegría en el pequeño barrio al norte de Jan Yunis. Como era tradición, los familiares y amigos del novio, Sameh, le llevaron en procesión cantando y bailando por las callejuelas de la ciudad hasta la casa de la novia para recogerla y llevarla al que iba a ser su nuevo hogar. Las mujeres esperaban mientras en la sala de bodas, escuchando el sonido del Fadous que tocaba la banda en espera de la llegada de los novios. Eylem brillaba. Su cabello negro contrastaba con el blanco de su túnica y velo. Era un soleado día de mayo y todos bailaban. Seguir leyendo

Instantáneas (cap. I)

A tenor de lo desaliñado de su aspecto y de la sensación de hambre que la invadía debía haber pasado fuera varios días. Pero dónde. Lo desconocía. Se incorporó de la cama y su reflejo sobre el cristal de la ventana la inquietó. Miró a su alrededor, no le era familiar nada. Se encontraba en una pequeña habitación, medio en penumbra si no fuera por la proximidad de un neón contiguo que titilaba continuamente y que vestía de azules las paredes a ritmos discontinuos; a su izquierda la puerta entreabierta de un baño, una silla esquinada de escay, su ropa esparcida sobre la moqueta beis, un cenicero repleto, olor a colillas frías. Seguir leyendo

Dyrhólaey

DyrhólaeyDuda de haber sido ella quien le ha robado intimidad al mar o si éste por el contrario, en un momento de distracción, se ha envalentonado inundándola por completo, humedeciendo cada una de sus partículas de gruesa arena gris para vestirla de negro y brillante azabache —su color preferido— unos instantes, afinando así en cada envite su apartado istmo hasta hacerla casi desaparecer ¿Existe pese a él o por él? se pregunta cada amanecer. Sigue sin respuestas. Al principio se limitaron a mirarse, de soslayo, pero no tardaron en presentarse: soy “lo que une el cielo a la tierra” —le dijo Él; yo “el puente entre tu sal y mi tierra” —le respondió Ella y añadió, mi nombre, Dyrhólaey. Seguir leyendo