Una cabeza, un sombrero

Una cabeza, un sombreroEn el instante en el que el reloj de la Iglesia de Santa María daba las doce del mediodía, la campanilla que colgaba del marco de la puerta de entrada de la tienda repicó levemente. Don Eduardo, que en esos momentos se encontraba en la trastienda apilando las cajas de los nuevos modelos de caballero recién llegados de París, tardó unos segundos en atravesar la cortinilla roja que separaba esta de la estancia principal de su negocio. De espaldas a él un caballero de mediana estatura echaba un vistazo sobre los modelos que colgaban de un perchero junto a la entrada; vestía una levita verde muy entallada y unos pantalones blancos de corte Collant abotonados en los tobillos que tan de moda se habían puesto últimamente. Los ojos de Don Eduardo se clavaron inmediatamente en el desgastado sombrero que llevaba puesto. Seguir leyendo

El encargo

El encargo—Es usted otro detective, ¿verdad?

Reconocí que lo era.

Me condujo a una habitación verde y anaranjada del primer piso, me acomodó en un sillón con tapicería de brocado y se dirigió en busca de su marido. Al cabo de lo que me pareció poco más de un cuarto de hora, apareció él, un hombre de mediana edad, de aspecto impecable, alto y muy delgado, tanto que su cuerpo parecía bailar dentro del traje de chaqueta azul marino que llevaba, de pelo gris recogido en una pequeña coleta y ojos saltones disimulados tras unas enormes gafas de pasta negra. Seguir leyendo

Lluvia

Lluvia—Fuiste tú quien mató al Duque ¿verdad?

—¿Otra vez estás con eso, Yolanda?

Pocas cosas había para hacer en aquél alejado pueblo de montaña en el que, al menos tres meses al año, el acceso por coche era prácticamente imposible por las fuertes nevadas. Aún hoy Yolanda seguía preguntándose en qué habría estado pensando cuando Diego le propuso mudarse allí, y de eso hacía ya casi tres años. Recuerda sus palabras con tal nitidez como si las estuviera escuchando de nuevo “Viviremos bien, cariño, la vida allí será como siempre la hemos soñado: nuestra casita, nuestro terreno, nuestro huerto,… nuestra libertad”. Nuestro aislamiento, en definitiva –pensó. Seguir leyendo

De caoba

De caobaNo supe lo que era estar muerto hasta el día en que Pelayo y sus chicos me mataron. Nunca imaginé que me llorarían tanto. Se me hizo extraño ver tal cantidad de  vecinos en el piso, incluso a aquellos con los que no hablaba desde hacía tiempo. Un revuelo de gente se hizo dueño de la escalera, el que más y el que menos se fue acercando alertado por las voces del resto, otros por simple morbo, supongo. Creo que nunca perdonaré que algunos empezaran a repartirse las pocas cosas que tenía estando yo supuestamente de cuerpo presente, o que entraran y salieran de mi casa como si fuera la suya, recorriendo las diferentes estancias sin ningún tipo de respeto, tocándolo todo. Seguir leyendo

Azules para un cuento

Azules para un cuentoLa estirpe de los afamados Aguinaga, escritores de vocación y corazón, comenzó con Celestino Aguinaga. Ya muerto, siguió con Fabio, su hijo, y su continuidad parecía disputarse entre Samuel y Gonzalo Aguinaga, los nietos gemelos. Don Fabio acababa de fallecer y aquel día a Samuel Aguinaga, de riguroso luto ante su féretro, solo se le ocurrió dedicarle como en un susurro frases de reproche por haberse llevado a la tumba lo que él pensaba era el secreto de la familia, la fórmula para crear historias de la nada con éxito. Por el contrario, y muy a su pesar, le dejó, como última voluntad, un viejo cuaderno lleno de páginas vacías, algo que parecía haber hecho adrede porque de siempre sabía de su miedo, casi enfermizo, a enfrentarse al papel en blanco. Seguir leyendo