De ojos verdes

De ojos verdes—Oye, ¿no ves absolutamente nada?
—No.
—¿Y no te apetece saber cómo soy?
—No lo necesito.
—Si quieres puedes hacer eso que hacéis los ciegos de tocarme la cara con los dedos para verme…
—Ya he visto todo lo que quería, a mi modo, solo hay una cosa en la que me tendrá que ayudar…
—Dime, cielo.
—¿De qué color tiene los ojos?
—¿De qué color quieres que los tenga, cariño?
—Dígame la verdad, es importante.
—Verdes.

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¡Viva la copla!

Una copla inacabada—¿Por qué lo has tenido que estropear de esta forma?, ¿por qué precisamente hoy? dime, ¿por qué lo haces?…

Desde que tengo uso de razón me gustó la copla, de casa recuerdo la voz de la Piquer llenando cada habitación —y a mi madre tarareándola mientras preparaba aquellos guisos interminables— o la imagen de cientos de discos apilados en perfecto equilibrio en los rincones más insospechados, colocados en un orden que solo parecía conocer mi padre; no tenías más que sugerirle un tema en concreto y él iba directo hasta el lugar en que se encontraba, lo sacaba cuidadosamente de su funda de cartón y lo pinchaba en el viejo tocadiscos después de pasarle la gamuza roja. Reconozco que nunca fui capaz de descubrir la lógica que parecía guardar aquel pequeño caos musical. En aquella casa había verdadera pasión por este arte y supongo que lo mío, al final, fue en cierto modo inevitable. Seguir leyendo