Fui (I)

FuiUn gorro de niña abrazado a un peto vaquero que sonríen a un presente que se ha ido. Unos clavos bailando al son de un imán de herradura frente a unos ojos sin párpados. Una carreta de papel tirada por bueyes y unas manos que hablan de pliegues imposibles. Una muñeca rubia gigante que comparte aventuras con un muñeco soldado lleno de músculos. Un tren que dibuja círculos infinitos a la velocidad de los sueños. Seguir leyendo

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Contigo sin nadie

durmiendo2Tú y mi amor, mientras miro

Dormir tu cuerpo cuando

Amanece. Así mira

Un dios lo que ha creado.

Dormida, como si desconocieras el significado de la palabra tiempo. Desnuda, abrazada al espectro de sábanas que he dejado al levantarme. Eres la única persona en el mundo capaz de hacerme despertar al alba. Para mirarte. Seguir leyendo

Oda a la cama

Rooms by the Sea.el que ama y el que sueña

vinieron y se van de cama en cama,

La primera vez que entró en el dormitorio de los abuelos sola apenas levantaba unos pocos palmos del suelo, se coló como un torbellino, se encaramó a la cama cogiendo carrerilla desde la puerta y escaló hasta arriba agarrándose al edredón de parches de colores con las dos manos. Desde entonces solía hacerlo a menudo, allí arriba se sentía una gigante dominando su pequeño mundo. Seguir leyendo

Evocaciones

vías de trenHora de recordar. Una se despedaza con el tiempo. Igual que la madera. No envejece, aunque también, solo se despedaza por dentro. Deja de ser. Poco a poco. Se vive para evocar. Pero el qué. Los amaneceres húmedos. La tierra caminada. Los sueños que te despertaron. Los carámbanos en la cornisa. Las pieles perdidas. Los caprichos del viento enredado en el pelo. Las letras abandonadas en una pared. El olor de la lluvia en verano. El balanceo de la mecedora. El tacto de la piedra blanca. Aquella melodía. Su voz. El lila pálido del edredón. La camisa mil rayas. Los rostros tras las ventanillas. El sonido del tren. Una está indefensa ante los recuerdos. Y sin embargo. Seguir leyendo

Poinsettia

PoinsettiaJoder, cariño, ¿te he dicho lo poco que me gusta que te mueras? No, no te lo he debido decir. ¡Te prohíbo que te mueras! La primera vez que te prohíbo algo, porque no dirás que me he metido mucho en tus cosas todo este tiempo, que siempre has entrado y salido cuándo y como has querido, como aquella vez que te marchaste una semana dejándome una pequeña nota en el reverso de la cuenta del supermercado, sobre la encimera, “Volveré”, decías, y volviste, y yo no te pregunté dónde habías estado, y mucho menos con quién. Seguir leyendo